viernes, 31 de mayo de 2013

ESCRITOR DE LA KASA

CONTROL POLÍTICO Y SOCIAL A LOS ESCOLTAS

Carlos Eduardo Maldonado
Profesor Titular
Facultad de Ciencia Política y Gobierno
Universidad del Rosario*
Escrito para  kawsayrei.

En todas las ciudades, los ciudadanos normales son/somos víctimas, en diverso grado y momento, pero siempre intermitente y sorpresivamente, de los escoltas de los personajes de turno; o de los de siempre. Las propias autoridades -notablemente la policía- no hace nunca nada (sí: “nunca”: una palabra fuerte pero justa en este caso) para prevenir ni para controlar o castigar los desmanes de los escoltas.

En carros y en motos, a pie y en grupos, y siempre, siempre armados, físicamente y con una prepotencia que los acerca mucho, muchísimo, a la delincuencia común.  Al fin y al cabo, entre el uso legítimo de la fuerza y el hampa no hay sino una sola diferencia: la legitimidad, precisamente, y cuando esta se pierde o se erosiona, las fronteras entre escoltas y hampones son nulas. Se impone, por consiguiente, un control político y social a los desmanes de los servicios de escoltas.

En ningún país del mundo –y ciertamente en ninguno democrático e institucional- se aprecian los despropósitos diarios y repetidos de los escoltas. Frenan a los otros automóviles cuando y como lo desean, atraviesan motos y rompen en buen curso de las vías. Irrumpen en espacios públicos como si fueran propios, y en algunos espacios privados, como restaurantes o centros comerciales, por ejemplo, su lenguaje corporal y la proxemia son, por lo general, hostigantes y desafiantes antes que vigilantes y cautelativos.

Estos comportamientos son la expresión, sin ambages, de dos cosas. De un lado, miedo, y de otra parte, extralimitación en el uso de la fuerza. Miedo y extralimitación tanto de parte de los escoltas mismos, como, más sintomáticamente aún, del lado de aquellos a quienes ellos protegen. La guerra en Colombia no se vive única o principalmente en las montañas de Colombia. Se vive en la cotidianeidad en las ciudades y el campo. Vayamos por partes.

Los personajes a quienes custodian o bien les permiten dichos gestos y acciones agresivas y hostigantes o bien no los impiden ni previenen. Lo cual significa que por acción o por omisión, esos mismos personajes son culpables de la agresividad e incluso violencia de los escoltas. Es un tema básico de derecho, de ética pública y ciudadana, y de política de convivencia y derechos humanos y fundamentales.

Colombia es un país de resentidos, y el resentimiento, como ya sostuviera P. F. Strawson nace de las expectativas frustradas. De un lado, o del otro. Hablamos y estamos hablando de justicia, perdón, memoria y olvido. Pero en el conflicto social –no en el militar- que vive y ha vivido Colombia, el resentimiento es un tema político, no simplemente psicológico o emocional que tiene expresiones fuertes del lado de quienes se supone que son garantes del uso legítimo de la fuerza. Pero esa legitimidad se ve vulnerada y violada numerosas veces.

Es hora de que la ciudadanía se organice y protesta contra estos desmanes. Las páginas web y las redes sociales, primero. Pero también acciones sociales y movilizaciones políticas contra esta forma de violencia cotidiana de baja intensidad, pero permanente. ¡Hay de quienes se les crucen o lleguen a tener problemas con los escoltas! Como ya ha sucedido hasta la fecha; y como es habitual, con impunidad total. ¡Ya basta de estos y tantos desmanes! ¡Límite a los despropósitos de los escoltas. Si los personajes a quienes custodian no los previenen, les corresponde a los ciudadanos, y la sociedad civil en general denunciar, detener y prevenir tantos despropósitos que son ilegales (jurídicamente) e ilegítimos (políticamente).

La deslegitimación de la institucionalidad proviene en primer lugar de los representantes del Estado y de las fuerzas de seguridad en este caso. No de la ciudadanía ni de la oposición. Con toda seguridad, los excesos de los escoltas nada tiene que ver con los esquemas de seguridad y de protección de tantos personajes valientes en el país: periodistas amenazados, líderes sindicales y políticos protegidos por el Estado, por ejemplo. (Así como no hay que confundir las cosas, tampoco cabe hacer generalizaciones ligeras).

Llevando el tema al extremo, y cambiando un tanto de foco, el tema tiene que ver con esa condición que en el país se denomina: “vigilancia privada”. En la doble acepción de la palabra: vigilancia de ciudadanos particulares generalmente vinculados al sector púbico pero muchas veces al sector privado –que son, en realidad, la mayoría-. Y las empresas privadas de seguridad: una verdadera anomalía democrática. Y para no ir al dominio cotidiano del enorme ejército de vigilantes y porteros en edificios, conjuntos residenciales y demás. Muchos de ellos, particularmente cuando se desplazan en sus vehículos por las calles de las ciudades de Colombia, en clara actitud de desafío y prepotencia.

En fin, temas de percepción ciudadana con valor político.

*Carlos Eduardo Maldonado.
carlos.maldonado@urosario.edu.co

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